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La venganza de la filosofía

  • Foto del escritor: Pilar Paredes
    Pilar Paredes
  • hace 11 horas
  • 8 Min. de lectura

La venganza de la filosofía: diálogo entre filosofía y tecnología
La venganza de la filosofía: dialogo entre filosofía y tecnología

A los 15 años ya había decidido estudiar Filosofía. Me había impresionado mucho la clase de filosofía del colegio, donde se analizaba cómo nos engañaban los sentidos. Llegué a casa y se lo comenté a mi padre, que se sintió orgulloso de que me inclinase por una carrera que me ayudaría a pensar.


Años después, mi padre tenía dos hijos en la universidad: uno que estudiaba Física y la otra Metafísica. Para él, el saber estaba completo.


Mi padre era pianista y una persona tremendamente culta. En mi casa había libros, discos y arte por todas partes.


A los 16 años empecé a leer libros como una loca, hasta que años más tarde prácticamente devoré todos los de la sección de Humanidades. Y es que en mi casa había dos grandes estanterías: la de libros de humanidades, música, arte, etc., y la de ciencias. Cada uno de los hijos de mi padre escogimos nuestro territorio.


Sin embargo, nunca estuve lejos de la ciencia, sobre todo recordando el libro gordo de astronomía de mi padre, que él revisaba cada noche para poder explicarnos las constelaciones, hasta que el progreso decidió poner grandes farolas en mi calle y convertirla en un gran bulevar.


Mientras estudiaba trabajé en diferentes oficios: dependienta de Zara, promotora, azafata, telemarketing, etc., aparte de estudiar idiomas y hacer teatro. Tuve un programa de radio durante cinco años en la universidad, y allí fue donde surgió definitivamente mi vocación por comunicar.


En aquel tiempo, decir que eras licenciada en Filosofía no traía nada bueno. Era difícil que te tuvieran en cuenta para procesos de selección porque te veían como un bicho raro, como alguien que había decidido estudiar algo inútil.


La gente te preguntaba: “¿Por qué has estudiado Filosofía?”. Y casi siempre yo les respondía que hubiera querido estudiar Periodismo, pero que mi familia no tenía dinero para mantenerme en Madrid, ya que en mi ciudad en aquel momento no existía esa carrera.


Pero esa respuesta era mentira. Llegué a la carrera de Filosofía empujada por un deseo de saber la verdad.


Mi primer trabajo serio, por llamarlo así, fue en un banco. ¿A que parece increíble? Sin embargo, me presenté a todas las pruebas de selección y allí trabajé durante un año.


Después de esa experiencia, y habiendo ahorrado dinero, me fui a estudiar un año inglés a Estados Unidos y a buscarme un poco la vida en diferentes trabajos: babysitter, hostess, housekeeper, etc.


Y allí la gente pensaba diferente. Cuando me preguntaban por mis estudios y respondía que había estudiado Filosofía, me miraban sorprendidos y con admiración, y me decían: you must be very smart.


Pero la satisfacción duró poco. Cuando regresé a España, volví a formar parte de esos que habían estudiado carreras que no servían para nada.

Y mientras todos mis amigos se habían hecho funcionarios, yo decidí salir adelante sola con mi etiqueta de bicho raro.


Mi afán por saber nunca me detuvo. Seguí aprendiendo y estudiando, acercándome cada vez más al mundo de la ciencia, la tecnología y los negocios —esto último lo llevaba en la sangre por herencia de mi abuelo, que había sido empresario, y de una tía soltera que había emprendido con veintitantos años, ¡y en aquella época!—.


Ya no me preguntaban tanto por mis estudios, sino por mi experiencia, mis actitudes y los conocimientos adquiridos, pero yo, en el fondo, todavía tenía cierto complejo por ser de aquellos que no habían tenido el recorrido “recto”.


Con mis estudios de Marketing terminé por desarrollar toda mi creatividad y mis dotes comunicativas. Diseñando departamentos de marketing y ventas en el sector tecnológico, me di cuenta de que el mundo creativo estaba cambiando y de que el marketing había dejado de ser un arte para convertirse en una ciencia basada en los datos.


Por eso, y por la necesidad de entender mejor mi entorno, estudié un máster en Big Data, que me dio la oportunidad de poder analizar los procesos de negocio de una forma pragmática e inteligente, mejorando todo aquello que impidiese o mermase el objetivo final, que era conseguir más y mejor por menos.


A lo largo de los años, el haber trabajado en diferentes sectores y con distintos tipos de personas me dio la capacidad de entender los fundamentos y las operativas de las empresas, sobre todo en aquellas que tuve la oportunidad de iniciar desde cero; vamos, donde me tiraron a la piscina directamente.


Y cuando estudié el MBA, me di cuenta de que todo aquello que había practicado e implementado de forma casi intuitiva tenía nombre y marco. Me sentí casi tan feliz como cuando en quinto de carrera, después de los últimos exámenes finales, grité en la biblioteca: “¡Por fin lo entiendo todo!”.


Fue como el eureka de Arquímedes de Siracusa, matemático, físico e inventor griego.

Personalmente, siempre encontré la forma de sentirme motivada y a gusto en cualquier trabajo en el que estuve, intentando aportar lo mejor de mí y aprender al máximo.


Sin embargo, siempre hubo algunos puestos de trabajo que estaban vetados para mí: no tenía la carrera de Ingeniería, por ejemplo, y aunque fuese capaz de desarrollar algunos proyectos e incluso analizar datos, nunca escogían mi currículum por no ser lo suficientemente técnico.


Así pues, todos los que hemos estudiado carreras de letras, como se decía antes, nos hemos buscado la vida para poder adaptarnos a la demanda existente.


La filosofía seguía siendo una disciplina que no servía para nada.


Hasta ahora.


En un estudio reciente de la UNESCO, User empowerment through Media and Information Literacy responses to the evolution of Generative Artificial Intelligence (GAI), se analiza la importancia de integrar la alfabetización mediática e informacional como una herramienta esencial para empoderar a los ciudadanos frente al auge de la inteligencia artificial generativa.


El documento pone el foco en cuestiones como la desinformación, los sesgos, la privacidad, la falta de fiabilidad, los derechos de autor y la necesidad de fortalecer el juicio crítico de los usuarios frente a sistemas cada vez más opacos y persuasivos.


Y aquí aparece la gran ironía de nuestro tiempo.


Durante años nos hicieron creer que el futuro pertenecía exclusivamente a los técnicos, a los ingenieros, a los programadores, a quienes sabían hablar el lenguaje de las máquinas. Y sí, durante mucho tiempo fue así. Pero justamente ahora que las máquinas empiezan a escribir, resumir, programar, traducir, clasificar y automatizar tareas que antes parecían reservadas a mentes muy especializadas, empieza a revelarse algo que muchos no quisieron ver: cuanto más competente se vuelve la tecnología, más valor adquiere lo que no puede reducirse a una mera ejecución.


Porque los datos que están saliendo no dibujan exactamente un mundo sin programadores, sino un mundo en el que se destruye primero el trabajo más rutinario, más repetitivo y más fácilmente automatizable. En Europa, diversos informes han detectado una caída muy fuerte en la contratación de puestos de entrada, especialmente en perfiles junior, y los roles iniciales de ingeniería están entre los más golpeados. Al mismo tiempo, los despidos en tecnológicas han mostrado que el ajuste es real. No estamos ante el fin del trabajo técnico, sino ante el fin de una parte del trabajo técnico tal y como lo conocíamos.


Sin embargo, el cuadro completo es más interesante que el titular alarmista. Las proyecciones laborales siguen mostrando crecimiento para desarrolladores de software, analistas y perfiles vinculados a la automatización, la ciberseguridad y la inteligencia artificial. Es decir: no desaparece el trabajo técnico, pero sí cambia de naturaleza.


El mercado sigue necesitando desarrolladores, aunque cada vez menos como simples ejecutores de código y cada vez más como profesionales capaces de supervisar, decidir, integrar contexto, anticipar riesgos y entender para qué sirve realmente lo que construyen.


Y aquí es donde empieza, de verdad, la venganza de la filosofía.


Los informes sobre el futuro del empleo insisten en que los puestos tecnológicos seguirán creciendo, pero también dicen algo decisivo: una gran parte de las habilidades actuales cambiarán o quedarán obsoletas en esta década, y entre las capacidades más valiosas ya aparecen el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la flexibilidad y la curiosidad. Es decir, no basta con saber hacer; cada vez importará más saber interpretar, priorizar, juzgar y decidir.


Lo más revelador es que los empleadores ya lo están diciendo abiertamente. Entre las competencias más valoradas aparecen la comunicación, el pensamiento crítico y el trabajo en equipo, por encima incluso de la tecnología como competencia aislada. No es una intuición romántica: es una escasez real de mercado. Lo que falta no es solo gente que use herramientas, sino personas capaces de comprender problemas complejos, formular buenas preguntas, detectar contradicciones, distinguir lo relevante de lo accesorio y traducir la complejidad a decisiones comprensibles.


Por eso, tal vez el futuro no pertenezca ni al ingeniero puro ni al humanista puro, sino a una nueva mezcla.

A quien sea capaz de entender la lógica de la tecnología sin renunciar al juicio humano. A quien sepa dialogar con máquinas, pero también detectar sus trampas. A quien pueda usar la IA, pero también ponerle límites. A quien sepa construir sistemas, pero también preguntarse para quién, para qué y con qué consecuencias.

No, esto no significa que vayan a sustituir masivamente a ingenieros por filósofos. Significa algo más profundo: que el viejo desprecio hacia las humanidades empieza a quedarse sin argumentos.


Porque cuando una máquina ya puede redactar, resumir o programar, lo verdaderamente diferencial vuelve a ser lo que durante años se consideró inútil: la capacidad de pensar bien, de leer entre líneas, de interpretar el contexto, de argumentar con precisión, de comprender al ser humano y de ejercer criterio.


Y eso, precisamente eso, es lo que las humanidades llevan siglos entrenando.

De modo que quizá la filosofía no se equivocó. Quizá simplemente llegó demasiado pronto.


Si durante años nos obligaron a justificarnos por haber estudiado carreras “sin salida”, puede que ahora estemos entrando en una época en la que la salida estaba ahí desde el principio, solo que nadie sabía verla. Y puede que la gran paradoja de la inteligencia artificial sea esta: que cuanto más inteligentes parecen las máquinas, más urgente se vuelve la inteligencia humana.


Esa que no consiste solo en calcular.

Sino en comprender.


Fui a la Facultad de Filosofía buscando la verdad, y la fui descubriendo poco a poco a través de cada experiencia y de cada conocimiento adquirido.


Para Platón, la verdad se diferencia de la doxa, de la mera opinión. Y vivimos precisamente en un mundo donde el nuevo paradigma tecnológico cuestiona cada día, y pone en peligro, nuestras convicciones y nuestras certezas. Pero ahora personas como yo estamos ayudando a discernir no solo la verdad de la opinión, sino también a evitar que la tecnología te engañe o te haga dudar del mundo en el que vives.


FUENTES Consultadas:

UNESCO – User empowerment through media and information literacy responses to the evolution of generative artificial intelligence (GAI)

UNESCO – Examining Media and Information Literacy Responses to Generative AI: A UNESCO Policy Brief

U.S. Bureau of Labor Statistics – Software Developers, Quality Assurance Analysts, and Testers

World Economic Forum – The Future of Jobs Report 2025

World Economic Forum – Future of Jobs Report 2025 digest

World Economic Forum – New Economy Skills: Unlocking the Human Advantage

LinkedIn – Skills on the Rise in 2025

NACE – Job Outlook 2025

Ravio – The tech job market in 2025

TrueUp – Tech Layoffs Tracker

ScienceDirect – Skills or degree? The rise of skill-based hiring for AI and green jobs

ResearchGate / IEEE – AI Ethics and Governance in the Job Market: Trends, Skills, and Sectoral Demand



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