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2026 y el gran cambio de Paradigma

  • Foto del escritor: Pilar Paredes
    Pilar Paredes
  • 18 ene
  • 5 Min. de lectura

Cambio de paradigma

Siento que el mundo está cambiando y que muchas barreras mentales se están rompiendo. Tengo un colega mayor que me dice que por fin se están dando los cambios que él lleva esperando 50 años; a cada cosa que le comento sobre las últimas noticias de actualidad, y me refiero a Venezuela, Irán, la corrupción en España, etc., me dice: “Siéntate a comer palomitas, empieza el espectáculo”.


Y no es que mi amigo y yo seamos expertos o estemos muy interesados en política; después de varios años compartiendo intereses profesionales y quejas sobre las empresas, acabamos siendo muy amigos.


Nuestra amistad empezó en un evento de networking de startups y congeniamos porque ambos vimos que aquello solo era una exhibición publicitaria de egos y productos, sin fondo real de innovación, a excepción de las contribuciones de dos conferenciantes extranjeros: un experto en geopolítica y una experta en tecnología.


De esto hace más de 6 años y hemos dejado de interesarnos e intercambiar opiniones sobre la evolución de los negocios.


Vivimos el momento Covid, y el confinamiento obligatorio fue un punto de partida y el inicio de un gran cuestionamiento.


La pandemia no solo agitó los pilares tecnológicos de las empresas y planteó una nueva forma de trabajar y de vender; anunció cómo la tecnología iba a resolver algunos de los problemas de comunicación y gestión para que las empresas siguiesen trabajando. Planteó la posibilidad de una nueva forma de trabajar y estar en el mundo.


Como consecuencia, surgió el teletrabajo y crecieron los usuarios en RRSS; canales como Twitch, YT o Tiktok incrementaron considerablemente su audiencia y surgieron nuevos influencers y creadores.


Parece que los 5 minutos de gloria de Andy Warhol están llegando a su máximo apogeo.

La pandemia no solo afectó físicamente a la humanidad, sino que provocó una gran reacción en la misma: muchas personas descubrieron y empezaron a interactuar con el mundo a través de las redes sociales, emitiendo opiniones y lanzando comentarios.


Las decisiones políticas de ciertos dirigentes fueron criticadas por algunas corrientes de opinión, pero no solo con respecto al confinamiento: se cuestionaron cánones que hasta ahora se daban por sentado.


Mucha gente empezó a descubrir que sí existían otras formas de interpretar y conocer el mundo, y que algunos de nuestros pensamientos eran afines a los de otras personas.

Hubo un cierto alivio al descubrir que su manera de pensar era similar a la de otros en otros lugares del mundo.


Así pues, aunque estábamos aislados en el mundo, estábamos más conectados que nunca.


La reacción vino después: a nivel laboral, algunos aprovecharon el cambio para seguir aplicando innovación en las empresas, continuar con el trabajo remoto o empezar a automatizar procesos y tareas; otros, más conservadores, volvieron a los modelos tradicionales.


Y es aquí donde ciertas ideas empezaron a converger y se abrió la puerta a la crítica, la duda y el debate.



Se empezaron a poner en duda las decisiones de nuestros líderes globales, la información que circulaba y nació, podríamos decir, un nuevo escepticismo y una nueva búsqueda de identidad.


Algunos pueden pensar que el miedo inicial que provocó la pandemia y que nos hizo valorar las cosas más humanas, se pasó rápido y  enseguida nos olvidamos.


Pero yo creo que, sinceramente, dejó una huella profunda, y se empezaron a tambalear los cimientos de la sociedad tal y como la habíamos conocido hasta ahora.


Mi colega, como persona con experiencia y dotada de una gran capacidad de análisis, me relataba cómo estaban cambiando las tornas desde que él tenía uso de razón. Mientras le escuchaba, iba descubriendo a qué se refería.


Cada vez que le preguntaba su opinión sobre lo que salía en las noticias, las críticas a este u otro partido, las decisiones económicas, las leyes nuevas o cualquier otro acontecimiento, me iba dando luz y esperanza.


Porque había algo oscuro, algo que no estaba funcionando, algo que hacía que todo pareciera difícil y complicado.


Eso era lo que yo pensaba, porque lo vivía y sentía: no era fácil encontrar trabajo, no era fácil ganar dinero, ser libre, montar tu propio negocio. Incluso, parecía que los viejos ideales de la humanidad también se estaban cayendo: la familia, la religión, etc. Ahora la modernidad consistía en otro modo de pensar,  nos enfrentábamos a un mundo hostil, cambiante e inestable.


Cuando él me decía que había variaciones y que por fin iba a haber cambios, y que me sentase a observar el mundo con palomitas porque empezaba el espectáculo, se estaba refiriendo precisamente a esto: se estaba abriendo una grieta de luz entre tanta oscuridad.


Un modelo estaba chocando con otro, un viejo mundo se estaba imponiendo al otro y los avances tecnológicos germinaban; no sé si como síntoma o consecuencia, pero entonces esos indicios, esas sospechas empezaron a ocurrir y se fue notando.


Surgieron nuevos líderes políticos en diferentes países que empezaron a defender intereses más cercanos al bienestar de las personas y que comenzaron a tomarse en serio sus papeles de gestores de Estado: Nayib Bukele en El Salvador, reelegido en 2024; Javier Milei en Argentina, desde diciembre de 2023; Giorgia Meloni en Italia, desde octubre de 2022.


Ideologías aparte, se tomaron por primera vez decisiones que iban más allá de meros intereses partidistas. Y aunque poner a políticos como ejemplo no va a convencer a todo el mundo, personas de la calle empezaron a perder el miedo a dar su opinión en público y a tomar iniciativas ciudadanas para resolver situaciones críticas, e incluso a actuar en situaciones de emergencia cuando se vieron abandonadas por sus responsables gubernamentales, como en la Dana de Valencia.


Tecnológicamente, ya la IA generativa es parte de nuestra vida diaria en la mayoría de las empresas y hogares, y motivo de preocupación para trabajadores y tema de conversación de muchos conferenciantes. Ejemplos: ChatGPT, Microsoft Copilot, Google Gemini, etc.


Han pasado seis años desde la pandemia y, si miramos hacia atrás, creo que el mundo ya no es como antes. No digo que haya cambiado, pero se está transformando.


Estamos asistiendo a un cambio de paradigma y, como tal, según Kuhn:

“La transición de un paradigma en crisis a uno nuevo del que puede surgir una nueva tradición de ciencia normal está lejos de ser un proceso acumulativo; es más bien una reconstrucción del campo a partir de nuevos fundamentos.”— Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas


Para Kuhn, un cambio de paradigma no consiste en añadir nuevos conocimientos a los existentes, sino en reformular por completo la manera en que se interpreta la realidad. Cuando el paradigma dominante ya no puede explicar ciertos fenómenos, se produce una crisis que abre la puerta a un nuevo marco conceptual.


Este nuevo paradigma redefine qué preguntas son legítimas, qué métodos se consideran válidos y qué cuenta como verdad científica, lo que implica una ruptura con la visión anterior más que una evolución gradual. Por eso, los cambios de paradigma suelen ser conflictivos y resistidos, ya que obligan a abandonar certezas profundamente arraigadas.


A mi modo de ver, el desarrollo acelerado de la tecnología, acompañado de la evolución de las acciones humanas en el mundo, tanto ideológicas como geopolíticas y económicas, podría incluso decirte que no existe uno sin el otro, como la Trinidad, está llevando a una nueva forma de estar en el mundo; no ahora mismo en 2026, pero sí a la caída de los pilares que hasta ahora nos sustentaban y a la construcción de nuevos cimientos.


Como, aunque soy bastante idealista, me considero una persona positiva, yo no veo nada malo en ello; solo veo la luz saliendo de la grieta, la posibilidad frente a la desesperanza, la acción audaz frente a la derrota, la humanidad usando la tecnología para ser más humana que nunca.

 

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